Soplando brasas en mi corazon…
“Elegir la propia mascara es el primer gesto voluntario humano. Y es solitario” (Clarice Lispector)…
Es lo que considerariamos (y nos creeriamos) el momento. Cuando creemos habernos preparado para todo,
y bien boludos nos creemos inmunes a todos, “que quien va a poder?” y demases estupideces…
Por suerte, en este mundo lleno de “Mundillos” (tambien uso la palabra “humanos” a veces, pero no creo que
esa palabra le pueda corresponder a todos los “Mundillos” precisamente) siempre hay alguno preparado para atentar
contra la conciencia emocional/sensitiva de uno, para darlo vuelta, para sacarlo de su puta estabilidad aburida, comoda,
intracendente. Para hacerlo hacer “estupideces” (si, todos los giles que deciamos que eran estupideces hasta encontramos realmente
el sentido de hacerlas y tener que tragarse, y si es posible ahogarse, en lo que uno dijo).
Un Mundillo (retomando lo anterior) tan brillante, capaz de descomprimirnos el pecho que se va ahogando
frente a la mirada de un mundo que apesta a tradiciones y manipulacion, intereses individuales y desinteres colectivo.
Se dan los casos en que esta ruptura de la mascara es parcial(palabra fea si que las hay), y no se puede llevar a cabo en otro momento, salvo cuando se esta en conexion con
el otro Mundillo. Pero hay rupturas tambien mas fuertes (no es esta la palabra, pero creo
que tampoco existe la verdadera palabra para usar), esas que logran destrozarlo a uno (ahh, el amor a la destruccion, no?) para
volver a reconstruirlo a uno, como es uno, sin posibilidades de que esa marca a fuego que nos han dejado nos deje olvidar lo que realmente somos.
Algo que va mas alla, por primera vez, de los logros egoistas de uno en lo que suelen basarse para vivir ciertas mentes “norteñas” (vease el mapa,
y como me gusta putearlos demasiado) para sustentar su vida. Una situacion que solo se da con ser uno, con ser otro, y con que uno y otro
se fundan en uno solo a veces, por que no?…
No voy a rematar nada, siempre fui un boludo para los finales, contaminando algo que quiza ya estaba lindo asi, como estaba, y
por esa cuestion occidental (mirese de nuevo el mapa) uno quiere darle un “final determinante”, donde no se necesitan mas que estas
palabras para describir lo malo que soy en cuestion para darle fin a algo que no tiene fin (en este caso, el texto) o sacar
concluciones propias donde no tendrian que estar. Cada uno va a sacar lo que deba y lo que pueda, y asi convertirlo en un juego reciproco en esto que al final,
es mas que palabras?.
(Dedicado a ese mundillo delirante que amo)…
..
Si,
Amemos atentos y aplicados, saturados y desgarradores, amemos.
Lecciones pulcras de amor sin ligas. Ataduras grandiosas del respirar por otro.
Amemos conysin razon, saboreando hasta el más mínimo roce.
Odiemos, miamor.
Que se haga sentir, y que la fiebre ampare todo lo incontenible, y que el estopor hierba la piel, una simple hebra de miel, usando piedra y cincel.
y que moleste, mantenga, se mueva y se sienta.
Juguemos miamor.
Juguemosnos la vida en segundos infinitos, juguemos sin cronologías, ni espacios, ni manecillas, ni mandamientos. Juguemos uñas, espumas diurnas, riñas nocturnas y nuevas lunas, que derriben esas mugres desnudas, sucias columnas del malvivir..
Juguemos y que se haga sentir miamor.
Porque.. qué más que simples cartografías de la nada son estos inventos de otros?
Si inventar es mas de eso mismo, juegos, odios, amores.. y de nuevo la rueda, a odiar, querer, jugar, odiar, jugar, querer, eventualmente matar, y volver a nacer.
Y explotar los sentidos, llorar las pasiones hasta el desgaste, morir tu risa, venerar tu mirada. Existir la esencia, y valer de sangre estas venas..
( juego con tu blog como se me da la gana )
Donde se habla del nuevo formato estetico-superficial del blog (licuadodebanana)
‘Hace años que me doy cuenta y no me importa, pero nunca se me ocurrió escribirlo porque la idiotez me parece un tema muy desagradable, especialmente si es el idiota quien lo expone.
Puede que la palabra idiota sea demasiado rotunda, pero prefiero ponerla de entrada y calentita sobre el plato aunque los amigos la crean exagerada, en vez de emplear cualquier otra como tonto, lelo o retardado y que después los mismos amigos opinen que uno se ha quedado corto. En realidad no pasa nada grave pero ser idiota lo pone a uno completamente aparte, y aunque tiene sus cosas buenas es evidente que de a ratos hay como una nostalgia, un deseo de cruzar a la vereda de enfrente donde amigos y parientes están reunidos en una misma inteligencia y comprensión, y frotarse un poco contra ellos para sentir que no hay diferencia apreciable y que todo va benissimo. Lo triste es que todo va malissimo cuando uno es idiota, por ejemplo en el teatro, yo voy al teatro con mi mujer y algún amigo, hay un espectáculo de mimos checos o de bailarines tailandeses y es seguro que apenas empiece la función voy a encontrar que todo es una maravilla. Me divierto o me conmuevo enormemente, los diálogos o los gestos o las danzas me llegan como visiones sobrenaturales, aplaudo hasta romperme las manos y a veces me lloran los ojos o me río hasta el borde del pis, y en todo caso me alegro de vivir y de haber tenido la suerte de ir esa noche al teatro o al cine o a una exposición de cuadros, a cualquier sitio donde gentes extraordinarias están haciendo o mostrando cosas que jamás se habían imaginado antes, inventando un lugar de revelación y de encuentro, algo que lava de los momentos en que no ocurre nada más que lo que ocurre todo el tiempo.
Y así estoy deslumbrado y tan contento que cuando llega el intervalo me levanto entusiasmado y sigo aplaudiendo a los actores, y le digo a mi mujer que los mimos checos son una maravilla y que la escena en que el pescador echa el anzuelo y se ve avanzar un pez fosforecente a media altura es absolutamente inaudita. Mi mujer también se ha divertido y ha aplaudido, pero de pronto me doy cuenta (ese instante tiene algo de herida, de agujero ronco y húmedo) que su diversión y sus aplausos no han sido como los míos, y además casi siempre hay con nosotros algún amigo que también se ha divertido y ha aplaudido pero nunca como yo, y también me doy cuenta de que está diciendo con suma sensatez e inteligencia que el espectáculo es bonito y que los actores no son malos, pero que desde luego no hay gran originalidad en las ideas, sin contar que los colores de los trajes son mediocres y la puesta en escena bastante adocenada y cosas y cosas. Cuando mi mujer o mi amigo dicen eso –lo dicen amablemente, sin ninguna agresividad– yo comprendo que soy idiota, pero lo malo es que uno se ha olvidado cada vez que lo maravilla algo que pasa, de modo que la caída repentina en la idiotez le llega como al corcho que se ha pasado años en el sótano acompañando al vino de la botella y de golpe plop y un tirón y no es mas que corcho. Me gustaría defender a los mimos checos o a los bailarines tailandeses, porque me han parecido admirables y he sido tan feliz con ellos que las palabras
nteligentes y sensatas de mis amigos o de mi mujer me duelen como por debajo de las uñas, y eso que comprendo perfectamente cuánta razón tienen y cómo el espectáculo no ha de ser tan bueno como a mí me parecía (pero en realidad a mí no me parecía que fuese bueno ni malo ni nada, sencillamente estaba transportado por lo que ocurría como idiota que soy, y me bastaba para salirme y andar por ahí donde me gusta andar cada vez que puedo, y puedo tan poco). Y jamás se me ocurriría discutir con mi mujer o con mis amigos porque sé que tienen razón y que en realidad han hecho
muy bien en no dejarse ganar por el entusiasmo, puesto que los placeres de la inteligencia y la sensibilidad deben nacer de un juicio ponderado y sobre todo de una actitud comparativa, basarse como dijo Epicteto en lo que ya se conoce para juzgar lo que se acaba de conocer, pues eso y no otra cosa es la cultura y la sofrosine. De ninguna manera pretendo discutir con ellos y a lo sumo me limito a alejarme unos metros para no escuchar el resto de las comparaciones y los juicios, mientras trato de retener todavía las últimas imágenes del pez fosforecente que flotaba en mitad del escenario, aunque ahora mi recuerdo se ve inevitablemente modificado por las críticas inteligentísimas que acabo de escuchar y no me queda más remedio que admitir la mediocridad de lo que he visto y que sólo me ha entusiasmado porque acepto cualquier cosa que tenga colores y formas un poco diferentes. Recaigo en la conciencia de que soy idiota, de que cualquier cosa basta para alegrarme de la cuadriculada vida, y
entonces el recuerdo de lo que he amado y gozado esa noche se enturbia y se vuelve cómplice, la obra de otros idiotas que han estado pescando o bailando mal, con trajes y coreografías mediocres, y casi es un consuelo pero un consuelo siniestro el que seamos tantos los idiotas que esa noche se han dado cita en esa sala para bailar y pescar y aplaudir. Lo peor es que a los dos días abro el diario y leo la crítica del espectáculo, y la crítica coincide casi siempre y hasta con las mismas palabras con
o que tan sensata e inteligentemente han visto y dicho mi mujer o mis amigos. Ahora estoy seguro de que no ser idiota es una de las cosas más importantes para la vida de un hombre, hasta que poco a poco me vaya olvidando, porque lo peor es que al final me olvido, por ejemplo acabo de ver un pato que nadaba en uno de los lagos del Bois de Boulogne, y era de una hermosura tan maravillosa que no pude menos que ponerme en cuclillas junto al lago y quedarme no sé cuánto tiempo mirando su hermosura, la alegría petulante de sus ojos, esa doble línea delicada que corta su pecho en el agua del lago y que se va abriendo hasta perderse
en la distancia. Mi entusiasmo no nace solamente del pato, es algo que el pato cuaja de golpe, porque a veces puede ser una hoja seca que se balancea en el borde de un banco, o una grúa anaranjada, enormísima y delicada contra el cielo azul de la tarde, o el olor de un vagón de tren cuando uno entra y se tiene un billete para un viaje de tantas horas y todo va a ir sucediendo prodigiosamente, el sándwich de jamón, los botones para encender o apagar la luz (una blanca y otra violeta), la ventilación regulable, todo eso me parece tan hermoso y casi tan imposible que tenerlo ahí a mi alcance me llena de una especie de sauce interior, de una verde lluvia de delicia que no debería terminar más. Pero muchos me han dicho que mi entusiasmo es una prueba de inmadurez (quieren decir que soy idiota, pero eligen las palabras) y que no es posible entusiasmarse así por una tela de araña que brilla al sol, puesto que si uno incurre en semejantes excesos por una tela de araña llena de rocío, ¿qué va a dejar para la noche en que den King Lear? A mí eso me sorprende un poco, porque en realidad el entusiasmo no es una cosa que se gaste cuando uno es realmente idiota, se gasta cuando uno es inteligente y tiene sentido de los valores y de la historicidad de las cosas, y por eso aunque yo corra de un lado a otro del Bois de Boulogne para ver mejor el pato, eso no me impedirá esa
misma noche dar enormes saltos de entusiasmo si me gusta como canta Fischer Dieskau. Ahora que lo pienso la idiotez debe ser eso: poder entusiasmarse todo el tiempo por cualquier cosa que a uno le guste, sin que un dibujito en una pared tenga que verse menoscabado por el recuerdo de los frescos de Giotto en Padua. La idiotez debe ser una especie de presencia y recomienzo constante: ahora me gusta esta piedrita amarilla, ahora me gusta “L’année dernière à Marienbad”, ahora me gustas tú, ratita, ahora me gusta esa increíble locomotora bufando en la Gare de Lyon, ahora me gusta ese cartel arrancado y sucio. Ahora me gusta, me gusta tanto, ahora soy yo, reincidentemente yo, el idiota perfecto en su idiotez que no sabe que es idiota y goza perdido en su goce, hasta que la primera frase inteligente lo devuelva a la conciencia de su idiotez y lo haga buscar presuroso un cigarrillo con manos torpes, mirando al suelo, comprendiendo y a veces aceptando porque también un idiota tiene que vivir, claro que hasta otro pato u otro cartel, y así siempre. ‘
JC.
Hay que ser realmente idiota para poner en tu blog una foto agigantada de un licuado de banana. O hay que quererte así.